
En las últimas semanas hemos oído hablar de seres anónimos que resultan ejemplo para las grandes autoridades de nuestra nación, para aquellos que quisieron hacer algo pero no pudieron, para esos que no tuvieron las agallas suficientes y aquellas que se sentaron a ver la teleserie de turno, haciendo zapping en los comerciales para llorar un poquito y enternecerse con los dramas de la gente en el sur y las comunas más campesinas. Antihéroes, si entendemos la exacta definición de la palabra y la asociamos a la tragedia griega, algo parecido a lo que vivimos desde el 27 de febrero, justo cuando creímos que marzo se nos venía encima, y se nos vino encima el agua, en cambio.
El destino es el que prima en todo esto. El fato, el mismo hado que algunos llaman Dios, el que pone barreras y nos muestra el camino inevitable a nosotros, seres mortales, comunes y corrientes hasta que aparece aquel mitad dios mitad humano a desafiarlo. El héroe griego aparece en el espíritu cuando sofoca la gracia de quienes controlan nuestro camino y lo invitan a una guerra extremista y casi absurda porque de una u otra manera, es siempre la omnipotencia del destino la única ganadora, la única vencedora.
En Chile hubo unos pocos héroes griegos, de corazón. Esos que nadaron en contra de la corriente y salieron en busca de sus hijos, el padre inocente de ese joven que decía escuchar bajo los escombros de un edificio hecho por simples mortales. Ni héroes ni antihéroes.
Sin embargo la modernidad ha implantado una tendencia antiheróica que consiste en ser parte del destino, de seguirlo y no causar estragos en el camino de la vida sino más bien, ser parte de ella. ¿Somos todos antihéroes, los que fuimos a trabajar en vez de ir a buscar agua? Chile entonces qué es, si sigue el curso del sistema ¿Un país de antihéroes? ¿Héroes incógnitos, quizás? Como siempre, queridos, mestizos. Somos una vez más mezcla y combinación entre aquellos que cumplen sus tareas para que el país comience a levantarse de una vez, y aquellos que dejan de lado las obligaciones y vuelcan su vida a la devoción de la caridad por los desposeídos. Tomemos en cuenta, por cierto, que nuestra hermosa patria no podría superar las peripecias sin ninguno de los dos. Ambos sustentan la nación, las hormigas y el delirio de superhombre. Sin uno el otro caduca, y viceversa.
Entendamos el equilibrio con el que estamos benditos y admitamos entonces:
Chile, país mestizo.
Daniela Pérez Valdés
Licenciada en Letras de
Diplomada en Sociología, escritora y poeta.

