
Convencida
de estar viviendo un momento histórico, llegué al grupo 10 de
La espera fue larga. Recién a las 5 de la tarde comenzaron a salir algunos vuelos con numeroso contingente militar, proveniente de Iquique, Antofagasta y Santiago, como también un puñado de aviadores argentinos, bomberos y rescatistas.
Me subí con un grupo de soldados en un Hércules, ya cargado de mercancía, sobre todo agua.
Uno de ellos me contó la frustración e impotencia de quienes habían quedado en el cuartel: todos estaban ansiosos por ir a socorrer a los más necesitados. Antes de embarcar, el teniente de Ejército a cargo de esta agrupación los reunió en un círculo y los arengó. Me emocionó el trémulo grito de VIVA CHILE que salió con fuerza de sus gargantas.
La
coordinación de
Me fui en la cabina y antes de una hora estábamos aterrizando en Carriel Sur. Pude observar desde el aire la destrucción del borde costero, desde Cobquecura al sur. Dichato está totalmente aniquilado, aunque llama la atención y contrasta fuertemente, observar como quedaron en pié –aparentemente- las casas de veraneo que están en lo alto, con sus lindas piscinas intactas.
El primer impacto real fue llegar al aeropuerto bajo toque de queda, sin electricidad, sin agua, baños colapsados y un grupo de civiles intentando embarcar en un vuelo para salir del lugar.
Un
oficial de
En el intentanto los suboficiales a cargo de ese vehículo me acogieron y me permitieron cargar el celular a través del equipo electrógeno que portaban. Llevaban más de doce horas de turno y deseaban conocer noticias frescas sobre lo que estaba pasando en otras regiones del país.
Sin luz y permanentemente de servicio, no habían tenido acceso a ninguna imagen mostrada por la televisión. Ahí fui testigo de la denuncia de un robo de armamento militar que un joven en bicicleta vino a formularles. Si bien dieron cuenta de inmediato, más tarde supe que, como ésta, muchas denuncias de este tipo eran producto de la imaginación y del miedo de los habitantes de una zona atemorizada por los saqueos y desmanes.
Recién
pasadas las 22:00 hrs. y gracias a un concejal de
Un nuevo contraste fue observar el buen estado de este edificio y, a pocos metros, la cárcel total y absolutamente destruida y quemada.
Con salvoconducto en la mano, que nos fue solicitado durante todo el trayecto por militares apostados en las esquinas, logramos llegar al COT (Comando de Operaciones Terrestres del Ejército), cuartel general del jefe de plaza, General Guillermo Ramírez Chovar. Ahí la actividad era febril. Recién a la 1:30 de la mañana estaba terminando una reunión de coordinación con autoridades civiles y militares, desde el Hogar de Cristo al Cuerpo de Bomberos. A la salida pude conversar con el diputado Jorge Ulloa, uno de los pocos políticos de la zona en terreno.
Él me reafirmó que el drama mayor se vivía en Talcahuano. El puerto había sido dañado severamente, ASMAR estaba inoperativo y más de cien oficiales de marina que vivían en la base naval seriamente damnificados. Lo perdieron todo. En la madrugada del 27, el agua superaba los dos metros al interior de sus casas.
Mientras esperaba conversar con el General Ramírez, pregunté dónde podría alojar y comer algo. Resultó un chiste de mal gusto: simplemente no hay dónde. Un cigarrillo es oro, más aún un vaso de agua o un pedazo de pan. Alguien me comentó que se habían establecido puntos de mercados negros donde los inescrupulosos que el día anterior habían saqueado tiendas y supermercados, vendían las cajetillas de cigarrillos en $5.000.
También me enteré que muchos periodistas duermen en los autos o en carpas ubicadas cerca de la zona cero, donde se lleva a cabo el rescate de posibles sobrevivientes de uno de los edificios en ruina. La solidaridad entre los medios de prensa es fuerte y todos tratan de ayudarse.
De
hecho, siempre estuve acompañada y protegida por un periodista y un fotógrafo
de
Cerca de las 2.30 hrs. nos pudo recibir por pocos minutos el Jefe de Plaza, acompañado por su Jefe de Estado Mayor coronel Juan Antonio Silva, quienes nos entregaron un balance de la situación. Las cosas estaban más calmadas, el toque de queda había surtido efecto y las patrullas tenían el control de las calles. El cansancio se reflejaba en sus rostros, sin embargo, pese a las dificultades del momento, se notaba en ellos un gran dominio de la situación.
Es evidente la serenidad y el don de mando que ejerce el general Ramírez, una virtud tan importante en circunstancias críticas.
Se impone por presencia y su abnegación y capacidad de trabajo, al igual que la de su equipo, es increíble. Ellos saben que queda aún mucho por hacer coordinando la seguridad de la población y la entrega de la ayuda que estaba planificada entregar desde esa madrugada.
Alrededor de las 3:00 de la mañana nos dirigimos al regimiento Chacabuco, que en tiempos normales cuenta con 500 efectivos y esa noche acuartelaba a 5.000. Esta sobredotación, sin embargo, no se notaba gracias a la organización y disciplina que caracteriza a las Fuerzas Armadas.
A cargo de la función operativa en esta zona está el general Eleuterio Ramírez Beyza –descendiente del héroe de Tarapacá- quien a esa hora de la noche y medio de una enorme actividad, nos dedicó el tiempo suficiente para explicarnos lo que estaban haciendo.
Me llamó la atención que el patio de honor del cuartel estuviera repleto de carpas donde estaban alojando familias de civiles y uniformados que habían perdido sus casas. Terminé esa larga jornada durmiendo un par de horas, sobre una colchoneta, en el enorme casino de tropa.
Antes de las 6:00 de la mañana se iniciaron las actividades y los soldados, entre los que se encontraban 57 mujeres, comenzaron a recibir su ración de desayuno –un tacho de café y un pan- antes de salir a cumplir sus obligaciones, reemplazando al turno de la noche.
Pese a la carencia de agua y de luz, el contingente lucía correctamente. Había preocupación entre quienes tenían a sus familiares en otros puntos de la región, pero todos estaban conscientes y bien dispuestos a cumplir el rol que se les había ordenado para ese día.
A las 7:00 de la mañana –ya estábamos a miércoles 3 de marzo- volvimos al COT. La luz del día muestra en toda su magnitud la catástrofe.
El silencio sobrecoge y la bruma de la mañana le da un aspecto fantasmal a la ciudad. La recorrí bajo toque de queda y al ver la basura acumulada, los escombros en las calles, los perros husmeando entre las ruinas, pensé en todo el esfuerzo que será necesario hacer para volver a ponerla en marcha e iniciar la reconstrucción. Aquí no bastará sólo dinero, sino voluntad y actitud positiva para emprender juntos una nueva etapa.
He coordinado con la autoridad militar recorrer en un helicóptero los lugares más apartados para presenciar la entrega de la ayuda material que está llegando desde Santiago y otros puntos del país.
Durante
toda la noche, en el galpón de un supermercado,
efectivos militares han estado clasificando y armando las cajas con
alimentos –aceite, arroz, azúcar, agua, leche, conservas- para ser llevados a
los puntos más críticos y de difícil acceso. Con la mejor voluntad, me llevó al
aeropuerto el abogado de
Los helicópteros salen cada 20 minutos. Llegan al lugar siniestrado, bajan la carga y vuelven nuevamente para hacer el mismo recorrido las veces que sea necesario. No hay descanso. El dolor se refleja en los rostros de todos. Continúan las réplicas. En Cobquecura aterrizamos en una cancha de fútbol.
Los
vecinos están reunidos en tres lugares
ubicados en la parte alta del pueblo. Hay miedo. El horror del terremoto
sigue presente: lo comprobé cuando alrededor de las tres y media de la tarde el
suelo volvió a remecerse allí. Tanto el alcalde como los concejales
–independiente del color político- tratan de aliviar las necesidades que son
múltiples. Un par de funcionarios de
En medio de las ruinas vi actividades lúdicas organizadas para los niños. La gente de allí está choqueada, pero no desmoralizada. Aquí no hubo saqueos y están orgullosos de ello. Saben que van a salir adelante, con sus propias fuerzas y la ayuda de todos.
Paradójicamente, el único alimento que pude conseguir en estos dos días, lo compré en el supermercado de Cobquecura que está ahora funcionando razonablemente bien.
En todo este recorrido percibí unidad, entereza y solidaridad. El esfuerzo desplegado por las Fuerzas Armadas en esta zona ha sido vital para garantizar la seguridad y la sobrevivencia de la población.
La forma en que la gente ha valorado y agradecido la presencia y cercanía militar en esta hora de prueba se percibe en todo momento y lugar.
Vi la confianza depositada en ellos manifestada en mil pequeños detalles. Uno no menor es el aplauso generalizado con que se les ha recibido en todas partes. De ellos lo esperan todo -eficacia, justicia, orden, paz- en contraste con el caos que han soportado.
La política pequeña y el aprovechamiento egoísta de unos pocos se ha hecho despreciable, y este sentimiento tendrá consecuencias. Si tuviera que resumir qué aprendí de esta experiencia en terreno, diría que en el corazón de los chilenos hay más trigo que cizaña.
Patricia Arancibia Clavel
Periodista

