
Juan Villoro escribió una novela basada en la vida y extraños pensamientos de un muchacho que sufre y experimenta diferentes situaciones exquisitamente desastrosas. El protagonista, un héroe moderno que pasa entonces a ostentar rasgos anti heroicos, camina por un sendero inseguro y tremendista, con el que quizás ninguno de nosotros se sentirá identificado – entendiendo que todas aquellas excepciones confirman la regla - hasta que llega el día elegido por esas fuerzas divinas del creador, en este caso Villoro mismo con papel y lápiz, o teclado y pantalla. Amanece como ningún nuevo día, hasta que la tierra se inunda de ira y remece la consciencia de nuestro humilde personaje servidor, medio tímido, quizás homosexual, quizás masoquista y artista inconcluso.
Materia Dispuesta gira en torno a las situaciones vulgares y rutinarias de un joven como todos, que se viene abajo al igual que la vida de muchos de nuestros compatriotas. El terremoto en tanto, se muestra como símbolo del cambio forzoso que requiere la vida del protagonista para que por fin tome el rumbo que corresponde. El muchacho vencido por el destino parpadea al fin diferente y toma consciencia de su rumbo fijo, del horizonte que antes se sentía difuso y que probablemente para muchos de nosotros, tampoco tenía una claridad segura.
Muchos se preguntan el por qué de las cosas. Se preocupan, miran el cielo esperando que llegue la solución pero son sólo unos pocos los que se ensucian las manos y corren, y se ocupan, y logran las sonrisas que buscamos. Pocos padres fueron en busca de sus hijos, de sus hijas, de sus nietos tras el terremoto. Pocos hombres salvaron vidas, pocas mujeres dieron su pecho a cambio del suspiro de su engendro. Sin embargo esas excepciones, esas grandes excepciones han sido las que escudan el actuar de los chilenos que van a levantar el país en derrumbe, que van a sacar la cara por aquellos seres inertes que dicen gobernarnos y en cambio, esperan sentados que otros ineptos, otros seres parecidos, se encarguen del asunto. De nuestro asunto.
No hay madre gobernante, queridos. Es la madre tierra la única que nos castiga y nos vuelve a levantar. No hay salvadores con capa y tampoco sin ella. Ni con túnicas ni con relojes de oro. Somos nosotros salvadores de nuestro caso, de nuestro amigo y de nuestros compatriotas. Somos materia dispuesta hoy día, y tendremos que aprender a seguir siéndolo porque no hay mejor lección que aquella que se sufre y se llora con sangre. Como el protagonista creación de Villoro, debemos ser capaces de cambiar el latido de nuestros parpadeos y asumir que en efecto, la luz llega todos los días, cada mañana. Entender que bajo las ruinas existe un pasado que debemos recordar con cariño, no importa cuán duro sea.
La tierra se nos mueve bajo los pies para darnos a entender que somos más frágiles de lo que pensamos, pero que a la vez, somos aún los jaguares de América. El país orgulloso y algo pedante que se creía invencible, que se olvidó de algunas cosas importantes. Irónicamente el toque de queda para muchos es hoy un método de seguridad, quizás los mismos que con el ceño fruncido gritaban y golpeaban a esos pobres verdes camuflados, hoy día piden que actúen, hoy sí son materia dispuesta, igual que todo el resto de nosotros.
Respiremos profundo y aceptemos los nuevos desafíos. Comprendamos al fin que la violencia no sólo pueden ejercerla algunos sino también el suelo en que vivimos, el mundo que pisamos y que creemos todo nuestro. Respetemos al otro con sus diferencias, con sus pobrezas y virtudes. Conozcamos antes a nuestros vecinos, antes a los amigos de nuestros amigos porque, queridos, la literatura es profeta perfecta y objetiva.
Chile seguirá temblando hasta que acepte su condición mestiza y deje de imitar errores europeos. Seguirá llorando hasta que mire adelante y deje de sufrir por el pasado que no todos han vivido, que es historia ya. Dejemos de sufrir a posteriori y comencemos a ocuparnos de lo nuestro. De las almas perdidas en la delincuencia de todo tipo, esa con y sin corbata, de la falta de Dios y de amigos, de tino, queridos, sobre todo de tino.
Castiguemos la ineptitud y respiremos profundo para que se nos hinche el pecho de ese aire orgulloso que nos hizo uno de los países mejores catalogados del continente. Sigamos siéndolo, de la mano, no con bofetadas sociales ni ridiculeces políticas. Demostremos qué es lo que somos en realidad y sigamos solidarizando con nosotros mismos, sigamos resolviendo nuestros propios problemas, pero sobre todo, sigamos siendo para Dios nuestros hermanos y nuestra tierra, materia dispuesta.
Por Daniela Pérez Valdés
Licenciada en Letras de
Diplomada en Sociología, escritora y poeta.

